El encuentro Biden-Putin: la punta del iceberg

La reciente cumbre entre los presidentes Biden y Putin en Ginebra fue precedida por las bajas expectativas de ambas partes en torno a sus posibles resultados. Se esperaban dos reuniones -una en formato más reducido entre los dos presidentes y sus responsables de política exterior, y la otra más amplia con la participación de los equipos de ambas partes- que debían durar cinco horas, seguidas de conferencias de prensa separadas por parte de los dos mandatarios. Sin embargo, los dos encuentros previstos se redujeron a poco más de tres horas, con lo que pareció que la agenda propuesta se agotó rápidamente. No obstante, al finalizar la cumbre, ambos mandatarios dieron señales de que el encuentro constituyó un hito promisorio –“constructivo” para Putin, “positivo” para Biden–, en tanto se desarrolló un diálogo de pares en torno a una extensa agenda que reflejó los respectivos intereses y la mutua preocupación por una relación predecible y estable.

Avance. El sólo hecho de que ambos mandatarios se reunieran, después de una serie de intercambios ríspidos en los meses previos, y en una fase particularmente tensa de las relaciones, fue un paso significativo para el inicio de un diálogo y de una comunicación más fluida entre Washington y Moscú. Más allá del acuerdo sobre el restablecimiento de las relaciones diplomáticas y el retorno de los embajadores entre las dos naciones, los principales puntos de una agenda bilateral fueron abordados con firmeza y sin mayores concesiones por ambas partes, al margen de los alardes posteriores ante la prensa. Hubo un comunicado conjunto que incluyó los prioritarios temas de seguridad estratégica y de control de armas, la decisión de conformar una comisión para abordar las amenazas a la  ciberseguridad y la búsqueda de algunos consensos en los asuntos relativos al Ártico. Ambos países forman parte del Consejo del Ártico que actualmente preside por dos años Rusia y que, debido al cambio climático, ha abierto una nueva frontera para la explotación de recursos y para la navegación, sobre los cuales China también tiene aspiraciones. 

También se abordaron aspectos más puntuales como el eventual avance de los extremistas islámicos en Afganistán a raíz de la anunciada retirada de tropas estadounidenses, la coordinación en la reactivación del acuerdo nuclear con Irán, y el mantenimiento del corredor humanitario en Siria. 

Como era de prever, las mayores tensiones se produjeron en torno a Ucrania, dado que Rusia rechaza de plano su vinculación o alineación con la OTAN, mientras que Estados Unidos cuestiona la anexión de Crimea y el apoyo de Moscú a los separatistas de Lugansk y Donetsk, y a los reclamos por la situación del opositor Navalny y de los derechos humanos en Rusia por parte de Washington. En estos dos temas ambos mandatarios marcaron sus respectivas “líneas rojas”.

Transición. Pero más allá de los avances puntuales, cuyo cumplimiento sólo podrá verificarse en los próximos meses, el encuentro se produjo en el contexto de la compleja transición actual del orden mundial. Biden llegó a la cumbre luego de una gira europea en los días previos que incluyó su participación en las reuniones del G7 y de la OTAN, que puso en evidencia su decisión de reestablecer el liderazgo global de Estados Unidos y restaurar los lazos con sus aliados transatlánticos apelando a la unidad de las democracias en el marco de la creciente disputa estratégica con China, identificada como un “desafío” y un “riesgo”, respectivamente, en ambas reuniones. 

La gira de Biden no sólo le permitió arribar a Ginebra con una plataforma consolidada de renovados vínculos con sus aliados europeos, sino que también le permitió reafirmar que la restauración de un liderazgo de Washington a nivel global se alineaba con sus prioridades domésticas y con su aspiración de beneficiar y de mejorar el bienestar de los ciudadanos estadunidenses en el marco de la profunda polarización política que vive su país. De hecho, una constante en el encuentro con Putin fue diferenciarse, implícita o explícitamente, de Trump. De allí la conferencia de prensa final realizada por separado que marcó un claro distanciamiento de su predecesor en la relación con Putin. 

Para Biden el saldo del encuentro fue positivo: legitimó su status de líder mundial ante sus aliados y ante su audiencia doméstica y estableció una relación diferente en la interlocución con Rusia.

Diferencias. Como señala acertadamente Alexander Baunov del Carnegie Center de Moscú, esta interlocución se da actualmente en condiciones muy diferentes de los dos países. Aunque sus intereses vitales no se modifican, los Estados Unidos de Biden no sólo son diferentes de los de Trump en su política doméstica, sino también en su política exterior y en cómo se encaran estos intereses en un entorno internacional en transición. 

Por otra parte, pese a la permanencia en el poder por más de dos décadas, desde el referéndum constitucional de 2020 Putin ha impulsado la gestación de un nuevo modelo político, con miras a prolongar su mandato hasta el 2036. Sin perder de vista la necesidad de mantener y reactivar el status de gran potencia de Rusia -la reunión con Biden revalidó esta aspiración-  y la búsqueda de mantener un entorno vecino que no amenace los intereses de Moscú, Putin ha avanzado en la represión y neutralización de la oposición y en la recomposición de las fuerzas que lo apoyan, tanto de los sectores de seguridad o “siloviki” -instrumento crucial en este proceso-, como de los jóvenes tecnócratas que se incorporan al aparato estatal.

En este encuentro entre dos naciones que atraviesan cambios relevantes a nivel doméstico, la reunión de los dos mandatarios fue importante para legitimarse ante sus respectivas audiencias nacionales y para reafirmar sus actuales políticas exteriores en el marco de la creciente bipolaridad estratégica entre los Estados Unidos y China. En este sentido, Biden no dejó de aludir al peligro que representa para Rusia su creciente cercanía con Beijing, mientras que Putin reiteró el carácter autónomo de la política exterior rusa. 

Bloques. En esencia, la bipolaridad estratégica se articula en la actualidad en torno a dos bloques: un espacio multilateral liderado por Estados Unidos, tanto en el marco de las relaciones transatlánticas como en el Indo-Pacífico, y un polo unilateral de proyección global encarnado en la actual política exterior más asertiva y de mayor alcance global de China. 

Más allá de que esta confrontación no es equiparable a la Guerra Fría con su carga ideológica y se refleja en torno a temas comerciales y tecnológicos, Rusia calibra cuidadosamente sus posibilidades de no quedar involucrada en la misma y de no repetir sus errores del pasado, pese a ser un factor estratégico de peso global por su actual poderío nuclear. Con este trasfondo, los resultados de la cumbre de Biden y Putin deben evaluarse a la luz de sus próximos pasos en el posicionamiento frente a la confrontación bipolar entre Washington y Beijing y a la preocupación de Moscú en definir su propio papel como un actor protagónico en un orden mundial policéntrico.

*Presidente de CRIES.

También te puede interesar