La crisis de energía golpea en todo el planeta

Los precios del gas y del carbón suben sin cesar, y exponen al mundo desarrollado a cortes de energía y cierres de plantas de producción. Los precios del gas natural son los que más han subido: multiplicaron por diez el valor de hace un año y alcanzaron su máximo histórico en Europa y Asia. Los precios internacionales del carbón son aproximadamente cinco veces superiores a los de hace un año. Los precios astronómicos del gas natural llevaron a los principales mercados, como Estados Unidos, Europa y Asia, a reemplazarlo por el carbón para la generación de energía. Este desajuste entre la oferta y la demanda tendrá consecuencias irrevocables para nuestro ecosistema. 

Problema global. Los especialistas advierten que es importante tener en cuenta que, aunque China sea el fijador de precios para los mercados mundiales del carbón y Rusia uno de los mayores productores de gas, “no hay una entidad responsable”, sino muchas, ya que se trata de un problema global. En esto coinciden Ties Dam, experto en geopolítica del Instituto Clingendael y Manolis Kotzampasakis, investigador en derecho internacional y europeo de energía y el clima. 

Kotzampasakis, con una perspectiva más económica, cree que “la baja oferta se debe a una menor demanda durante la pandemia y, por lo tanto, les resulta difícil a los proveedores aumentar tan rápido su producción”. Según la Agencia Internacional de la Energía (AIE), la demanda de carbón aumentó 8% y la de gas natural 11% entre el primer semestre de 2020 y 2021. Además del confinamiento, estos aumentos de la demanda de gas y carbón se debieron a una serie de fenómenos meteorológicos derivados de la crisis climática, como un invierno frío en el hemisferio norte, y sequías que redujeron la producción hidroeléctrica en Brasil, California y Turquía, agrega la AIE, un argumento con el que los Dam y Kotzampakis coinciden en parte.

Rusia. Otro problema es el abastecimiento ruso. Si bien Vladimir Putin subrayó que Gazprom, la mayor multinacional energética rusa, suministraba gas a Europa al máximo nivel en virtud de los contratos vigentes, Fatih Birol, el director ejecutivo de la AIE, calculó que Rusia podría suministrar un 15% más si lo deseaba. Kotzampasakis agrega que Moscú “podría estar reteniendo los suministros para acelerar la aprobación del recién construido gasoducto Nord Stream 2, que va directamente de Rusia a Alemania”. Jack Sharples, del Instituto de Estudios Energéticos de Oxford, también estaría de acuerdo con esto, pero añade que este análisis “es cuestionable”.

A corto plazo, los países seguramente van a “adoptar medidas de emergencia, como la exención temporal de algunos impuestos o tasas, para aliviar la carga que suponen para los consumidores, especialmente para los más vulnerables, los periodos de agitación del mercado a corto plazo”, declaró la AIE. Aunque estas medidas permitirán a las empresas sobrevivir y a los consumidores capear el próximo invierno, no cambiarán la forma de producir electricidad, que está destruyendo lentamente el planeta, porque no fomentarán el desarrollo de energías sustentables. 

Efectos positivos. Pese a este panorama sombrío, Dams cree que, a mediano y largo plazo, esta crisis impulsará los esfuerzos que China ya está haciendo para “pasar de la dependencia del petróleo a una mayor concentración en el gas y las energías renovables”. De hecho, esto evitará la volatilidad de los precios dando más independencia a los países, y será un estímulo para que los países en desarrollo puedan cambiar su producción. 

Por su parte, para Kotzampasakis la crisis “impulsará el uso del hidrógeno” que, tanto si se utiliza en una pila de combustible como si se quema para crear calor, es el único que emite es agua inocuamente limpia, lo que evitaría el calentamiento global de la Tierra. 

Además, unos meses atrás, el 14 de julio, la Comisión Europea adoptó el “Carbon Border Adjustment Mechanism” que debería entrar en vigor en enero de 2022, y que podría reducir las emisiones netas de gases de efecto invernadero en al menos un 55% hasta 2030. Kotzampasakis explica que se trata de “un mecanismo que pondrá un precio al carbono en las importaciones de una selección específica de productos, para garantizar una acción climática ambiciosa en Europa, impulsando la competitividad de la industria de la UE e incentivando a China y otros países en desarrollo a producir con fuentes de energía y tecnologías limpias”. Sin embargo, el objetivo de cero emisiones netas para 2050 no está ganado todavía y va a tener que haber un cambio total del sistema para que se cumpla.

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