Perú: protestas postpandemia

El tiempo pasa rápidamente en política. La mayoría de los latinoamericanos no experimentó la Guerra Fría. Los mayores vivimos intensamente las décadas de 1960 y 70, produjimos en nuestras máquinas de escribir panfletos en contra de la invasión a Vietnam, y escuchamos entusiasmados en discos de vinilo el concierto de Woodstock. Cuando los jóvenes peruanos que derribaron al gobierno de Manuel Merino se educaron, las computadoras eran algo normal en su entorno, tuvieron a su disposición la Red, al principio en cibercafés y luego en casa. Tal vez usaron los walkmans de casetes que superaron a nuestros discos, tienen ahora toda la música que quieren en un artefacto que pueden llevar a cualquier sitio.  Entre los miles de canciones que almacenan, ninguno guarda la Internacional Comunista, Cara al Sol de la Falange o la Marsellesa Aprista. Tienen en su bolsillo el arma más subversiva de la historia, el teléfono celular, y sus utopías van mas allá de las del proletariado.

El enfrentamiento entre las ideologías de “izquierda” y “derecha” no les dice nada. Para salir a la calle no necesitan leer El Capital, ni asistir a cursos de formación ideológica, sienten la necesidad de cambiar el mundo de otra manera.

Revoluciones. Durante los últimos 30 años de la Guerra Fría, la URSS promovió guerrillas en toda la América Latina aliada a Cuba y los Estados Unidos patrocinaron dictaduras militares para enfrentarlas. Acabado el siglo corto no aparecieron más grupos guerrilleros, ni se instalaron nuevas dictaduras militares. Ese enfrentamiento fue brutal para quienes lo vivimos y definió nuestra forma de ver el mundo. En Perú Sendero Luminoso produjo decenas de miles de muertos. Abimael Guzmán cumplió este año 85 años en prisión y a nadie se le ocurre designar un día del año para homenaje del senderista. Tampoco en Alemania hay un día de la Baader Meinhof, eso solo ocurre en Argentina. Los jóvenes peruanos que inundaron las calles de Lima no salieron para pedir la libertad de los guerrilleros, sino para protestar por la corrupción y por problemas actuales.

La mayoría de los ciudadanos de América Latina no vivió la Guerra Fría

A lo largo del siglo XX, se desarrolló la tercera revolución industrial que, entre otras cosas, sepultó el paradigma de la vieja política. La ciencia creció a una velocidad exponencial impulsada por los ordenadores y la Internet que acrecientan su capacidad todos los días. No existe ya ningún dispositivo que tenga los 73 K de memoria de la computadora que condujo a los seres humanos a la luna, cualquier reproductor de música tiene una capacidad decenas de miles de veces mayor. Nació una nueva sociedad, una nueva forma de ser humano, cuya importancia todavía no entienden algunos.

Nueva política. Los jóvenes que derrocaron a Merino en Perú expresan la nueva política de la que venimos hablando en esta columna desde hace años. No se educaron con las pasiones y angustias de nuestra generación, no fueron víctimas de la brutalidad senderista, ni de la represión militar, ni de la hiperinflación que destrozaba la economía, ni del golpe de estado de Fujimori.

Evolución del estado de operatividad de las pymes.

No serían guerrilleros, no matarían a otros, detestan los atropellos de la policía. Respetan la vida. Son ecologistas y no cazadores. Prefieren que en los billetes haya animalitos y no personajes de la segunda guerra mundial. En general son inclusivos, no quieren que se persiga a las personas por sus preferencias sexuales y que se discrimine a las mujeres.

Para movilizarse no esperan que asomen líderes que les adoctrinen, los lleven en micros y les organicen. Tienen relaciones horizontales. Se conectan directamente entre ellos y arman las protestas que se les ocurre, sin obedecer a jefes ni instituciones. Tampoco suspenden las protestas cuando los pide un dirigente. De hecho, no tienen dirigentes. Uno de los autores que estudia este tipo de movilizaciones las llama, “el poder de organizarse sin organizaciones”.

Congreso. Desde hace rato, Perú vive el colapso de la democracia representativa que se profundizó con la aparición de la sociedad hiperconectada. El Congreso está completamente desprestigiado. Muchos legisladores que hicieron política toda la vida y nunca produjeron nada, exhiben fortunas inexplicables. No son todos, pero sí muchos de ellos. La inmensa mayoría los ve mal. Los jóvenes quieren una política más transparente, menos solemne, rechazan la corrupción.

Los políticos peruanos tienen costumbres anticuadas. Mientras en Silicon Valley, en donde viven las personas más influyentes del mundo, no existen corbatas, los legisladores y funcionarios peruanos exhiben atuendos con la bandera del país y medallas. Lucen importantísimos, lejanos de la gente, en una época en que todos saben que son solamente seres humanos.

Cuando colapsó el gobierno de Pedro Pablo Kuczynski asumió el poder el vicepresidente Martín Vizcarra, que chocó con un Congreso acostumbrado a mantener prebendas irregulares. El régimen peruano es semi parlamentario y los legisladores boicotearon al gobierno de Vizcarra, encabezados por el partido Fuerza Popular de Keiko Fujimori.  

El Congreso peruano, como el de Ecuador y Venezuela, tiene un enorme poder porque es unicameral. Usa una institución extraña, la vacancia, que no juzga al presidente por sus aciones, sino que puede declararle incapaz para ejercer el cargo. Algo tan subjetivo como esto se presta para el chantaje permanente al mandatario. Si el 20% de los congresistas presenta una moción de vacancia, el 40% lo admite, y el 66% lo aprueba, la presidencia queda vacante.

En las últimas elecciones, Keiko Fujimori obtuvo en la primera vuelta, el primer lugar con 37% de los votos, fue segundo Pedro Pablo Kuczynski con 17%, tercera la candidata de izquierda Verónika Mendoza con 15%, luego Alfredo Barnechea de Acción Popular con 6%, y Alan García del APRA con 5%. En la segunda vuelta se dio un virtual empate: Kuczynski obtuvo el 50.1% de los votos y Keiko el 49.9%. Estos ajustados resultados hicieron que Keiko se dedicara a combatir al gobierno desde un Congreso más fragmentado que nunca, al que llegaron diputados de diez partidos.

Corrupción. La débil institucionalidad y la permanente intervención de los militares en la política han impedido que los partidos peruanos se consoliden.  Los candidatos de AP y APRA ocuparon los últimos lugares en esa elección, por debajo de membretes con poca tradición.

En Perú, como casi en el resto de América Latina, se abren denuncias por casos por corrupción contra cualquier funcionario, con o sin fundamento. La supuesta lucha en contra de la corrupción generó una legislación con trámites engorrosos y retorcidos, que promueven la coima y enredan los procesos. En países menos institucionales, en los que los militares han permanecido más en el poder, muchos jueces leen más encuestas que códigos.

Evolución del estado de operatividad de las pymes.

Vizcarra fastidiaba por sus posiciones contra de la corrupción. En septiembre el Congreso pretendió destituirlo difundiendo audios en los que parecía participar de una reunión para contratar irregularmente al cantante Richard Swing. Era una acusación ridícula. La gente organizó un cacerolazo y salió a las calles para respaldarlo y el movimiento abortó. Se supo sin embargo que el presidente del congreso, Manuel Merino, había llamado a los altos mandos militares, para conspirar. Quería ser presidente.

En noviembre el Congreso usó otras acusaciones para declarar la vacancia de Vizcarra y nombró presidente a Merino, a pesar de que las últimas encuestas daban al presidente entre 60% y 80% de aprobación y Merino era visto como un símbolo de la corrupción. Se necesitaban 87 votos para destituir al presidente, lograron 105. El voto 87 lo dio Humberto Acuña, legislador condenado en segunda instancia por soborno, y cuya destitución el Parlamento no ha tramitado. Según las encuestas el 91% de los peruanos rechazó la vacancia.

Jóvenes. Los jóvenes salieron masivamente a las calles exigiendo la renuncia de Merino, demostrando su hartazgo con el sistema político. Le dijeron al Congreso que se había equivocado de pelea, “somos una nueva generación, no nos parecemos a ustedes y no vamos a permitir este atropello”. No les movía ningún partido ni organización, se habían autoconvocado, tenían celulares.

Entre los miles de jóvenes que salieron protestar estuvieron Inti Sotelo Camargo de 24 años, y Bryan Pintado Sánchez de 22 que murieron por perdigones disparados por la policía. Se convirtieron en mártires de la “generación del bicentenario”, como se autodenominan los jóvenes alzados, una generación que se comunica por Twitter, Instagram y Tik Tok, y se junta en las calles para cambiar el mundo.

Designaron entonces presidente del congreso a Francisco Sagasti, uno de los 19 diputados que no votaron por la destitución de Vizcarra. Hombre respetado, no era muy popular. En ese momento era candidato a vicepresidente de Julio Guzmán, que según las encuestas tiene el 7% de preferencias.

Las elecciones presidenciales tendrán lugar en abril. Encabeza los sondeos George Forsyth con 16%. Es un popular jugador del Alianza Lima, políglota, que habla muy bien castellano, inglés, italiano y alemán. Es una persona preparada. El año pasado fue elegido alcalde de La Victoria, en donde tuvo un gran desempeño. Tiene 38 años, expresa a esas nuevas generaciones que no se socializaron con la política tradicional. Le siguen de lejos, Julio Guzmán con 7%, el general Daniel Urresti con 6%, Verónica Mendoza con 6% y Keiko Fujimori con 5%. Las dos líderes, tan populares hace 4 años, pagan sus equivocaciones políticas. Parece que las elecciones de la post pandemia favorecen a jóvenes que prometen superar el pasado.

*Profesor de la GWU. Miembro del Club Político Argentino.